El rechazo a asistir a la escuela en niños de primer grado es un fenómeno frecuente que puede estar asociado a ansiedad por separación, inseguridad, experiencias negativas previas o dificultades en la adaptación al nuevo entorno escolar (García & González, 2020). Ante esta situación, la respuesta de los padres y docentes debe ser empática, estructurada y coherente, pues las actitudes iniciales ante este rechazo pueden marcar la trayectoria escolar y emocional del niño.
El primer paso es la escucha activa: antes de ofrecer soluciones, es necesario comprender las causas reales de la negativa. Preguntar con calma, sin juicio, y permitir que el niño exprese sus emociones genera confianza y seguridad (Rodríguez, 2019). En muchos casos, la resistencia surge por miedo a lo desconocido, separación de la familia o dificultades sociales en el aula. Detectar estos elementos tempranamente permite intervenciones más eficaces.
En segundo lugar, es importante mantener la rutina escolar sin ceder ante la evitación. Diversos estudios muestran que prolongar las ausencias refuerza la ansiedad escolar y dificulta la reintegración (Kearney & Albano, 2004). Por ello, aunque se flexibilice el horario los primeros días, es fundamental que el niño asista y viva experiencias positivas en la escuela.
La coordinación entre familia y escuela es clave. Un trabajo conjunto con el docente permite diseñar estrategias como asignar un compañero de apoyo, implementar actividades de bienvenida o reforzar las habilidades sociales del niño (Martínez, 2021). Este acompañamiento reduce el aislamiento y promueve el sentido de pertenencia.
Asimismo, el refuerzo positivo es una herramienta efectiva: reconocer los logros, aunque sean pequeños, y celebrar la asistencia escolar fortalece la motivación intrínseca. Según Bandura (1997), las experiencias de éxito incrementan la autoeficacia, generando un ciclo de confianza y motivación.
Cuando el rechazo persiste por varias semanas o se acompaña de síntomas físicos recurrentes (dolor de estómago, cefaleas, llanto intenso), es recomendable la evaluación de un psicólogo educativo o infantil. Estos profesionales pueden identificar si existe ansiedad escolar, fobia escolar u otro trastorno que requiera intervención especializada.
En definitiva, no se trata de forzar, sino de acompañar. Escuchar, comprender, mantener la rutina, coordinar con la escuela y reforzar positivamente son acciones respaldadas por la literatura científica que permiten transformar el rechazo inicial en una experiencia escolar positiva y segura para el niño.
Pasos recomendados para los padres
Escuchar antes de actuar
Sentarse con el niño y preguntarle: “¿Qué es lo que más te preocupa de ir a la escuela?”
Evitar interrumpir o minimizar lo que diga.
Ejemplo: Si dice “no tengo amigos”, responder con: “Entiendo que eso te haga sentir incómodo, vamos a buscar juntos cómo solucionarlo”.
Mantener la rutina escolar
Levantarse, desayunar, vestirse y salir de casa a la misma hora todos los días.
Aunque el niño proteste, es importante que siga asistiendo para que no se refuerce la evitación (Kearney & Albano, 2004).
Ejemplo: Si el llanto es intenso, acompañarlo hasta la puerta del aula y acordar un “beso rápido” para la despedida.
Coordinar con el docente
Informar al maestro sobre la situación para que pueda darle un apoyo extra los primeros días.
Ejemplo: El profesor puede asignarle un “amigo guía” que lo acompañe en el recreo y en las actividades iniciales (Martínez, 2021).
Introducir cambios graduales si es necesario
Si la resistencia es muy fuerte, negociar pequeños objetivos:
Día 1: asistir solo a la primera mitad de la mañana.
Día 2: quedarse hasta antes del recreo.
Día 3: jornada completa.
Refuerzo positivo diario
Reconocer y celebrar cada paso logrado.
Ejemplo: “Hoy entraste a la clase sin llorar, eso demuestra que eres valiente” (Bandura, 1997).
Detectar señales de alerta
Persistencia del rechazo por más de 2-3 semanas.
Síntomas físicos repetitivos (dolor de estómago, dolor de cabeza) sin causa médica aparente.
Cambios bruscos de comportamiento o ánimo.
En estos casos, acudir a un psicólogo educativo o infantil para evaluación profesional.
Ejemplo real aplicado
Ana, de 6 años, inició primer grado con gran entusiasmo, pero a la segunda semana comenzó a llorar todas las mañanas y decía que le dolía el estómago. Tras conversar, sus padres descubrieron que no jugaba con nadie en el recreo. El docente organizó un juego grupal donde Ana participó junto a otros niños, y en casa, sus padres reforzaron positivamente cada día que asistía sin protestar. En dos semanas, la niña volvió a disfrutar de la escuela.
Referencias bibliográficas
- Bandura, A. (1997). Self-efficacy: The exercise of control. New York: Freeman.
- García, P., & González, M. (2020). Ansiedad escolar en la infancia temprana: factores de riesgo y estrategias de afrontamiento. Revista Latinoamericana de Psicología Educativa, 12(3), 45-60.
- Kearney, C., & Albano, A. (2004). The functional profiles of school refusal behavior: Diagnostic aspects. Behavior Modification, 28(1), 147–161.
- Martínez, L. (2021). Inclusión y estrategias de adaptación escolar en el primer ciclo de primaria. Educare, 25(2), 233-249.
- Rodríguez, F. (2019). Comunicación afectiva entre padres e hijos: un puente hacia el éxito escolar. Revista de Educación y Desarrollo Infantil, 15(1), 67-78.





