La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días invita a sus miembros a considerar la ciencia como una extensión sagrada de su mayordomía terrenal. El presidente Russell M. Nelson, reconocido cirujano antes de su llamamiento apostólico, declaró: «¡Los santos de los últimos días deberían estar a la vanguardia del aprendizaje en todos los campos! […] El Señor nos ha mandado adquirir conocimiento tanto por el estudio como por la fe» («La Convergencia de la Ciencia y la Religión», BYU, 1985). Esta visión encuentra respaldo en las Escrituras que instan a «enseñaros el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de ciencia» (Doctrina y Convenios 88:118), mostrando que Dios espera que Sus hijos dominen tanto las verdades espirituales como las temporales.
El élder Neal A. Maxwell enseñó que la investigación científica, cuando se guía por principios rectos, se convierte en un acto de adoración: «En el gran esquema de cosas, no hay conflicto final entre la verdadera ciencia y la verdadera religión, pues ambas buscan la luz de Cristo, la cual ‘ilumina a todo hombre que viene al mundo'» (3 Nefi 11:11) («La Luz de Cristo y el Universo», 1991). Esta perspectiva transforma los laboratorios y universidades en espacios sagrados donde los fieles pueden descubrir las «cosas que jamás se habían manifestado» (Alma 26:22), desde la cura de enfermedades hasta la exploración del cosmos.
Los líderes de la Iglesia extienden un llamado urgente a los miembros: que se constituyan en investigadores diligentes en sus campos científicos. Como enseñó el élder James E. Talmage: «El Evangelio no teme a la verdad, porque toda verdad es parte del gran todo que constituye el conocimiento divino» (Los Artículos de Fe, 1899). Ya sea que estudien genética, física cuántica o inteligencia artificial, los santos deben recordar que su trabajo puede convertirse en instrumento para aliviar el sufrimiento y preparar la tierra para la Segunda Venida. El Señor promete: «Y si vuestra mira está puesta en mi gloria, vuestro cuerpo entero se llenará de luz y no habrá tinieblas en vosotros» (Doctrina y Convenios 88:67), una luz que incluye tanto la iluminación espiritual como el entendimiento científico.
A los jóvenes que optan por carreras tecnológicas, a los profesionales que investigan en universidades, y a los padres que enseñan a sus hijos a observar la naturaleza, el presidente Spencer W. Kimball los animó: «¡Quiero ver a más de nuestros jóvenes llegar a ser médicos, científicos, ingenieros y matemáticos consagrados!» («Education for Eternity», 1967). Se les invita a presentar sus credenciales académicas en el altar del templo, tal como lo hizo el élder Henry B. Eyring (PhD en Física de Harvard), y a emplear sus talentos para «socorrer a los débiles, levantar las manos caídas y fortalecer las rodillas debilitadas» (Doctrina y Convenios 81:5). En un mundo que clama por soluciones éticas a desafíos globales, los santos están llamados a ser «científicos consagrados», preparados «para la defensa de la verdad» (Alma 48:7). El Libro de Mormón registra que los nefitas combinaron «toda clase de trabajos de arte y de habilidad» (Helamán 6:11) con su devoción a Cristo; hoy, esa herencia pertenece a todos los fieles. Se les insta a inscribirse en esta gran tradición: a investigar, descubrir, crear y, al hacerlo, santificar la ciencia para gloria de Dios.
En síntesis, los líderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días han enseñado consistentemente que la ciencia y la fe son complementarias en la búsqueda de la verdad, destacando que el estudio científico realizado con integridad y propósito moral se convierte en una forma de adoración y servicio a Dios. Los miembros están llamados a ser estudiantes diligentes tanto de las verdades espirituales como de los principios científicos, siguiendo el mandamiento de «adquirir conocimiento por el estudio y por la fe» (Doctrina y Convenios 88:118), y a abordar sus profesiones científicas como un ministerio para aliviar el sufrimiento y mejorar la sociedad, recordando que toda verdad converge en un todo armonioso para edificar el reino de Dios en la Tierra.





