En el contexto educativo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, “enseñar a la manera del Salvador” no es simplemente una técnica didáctica, sino una propuesta pedagógica integral y transformadora. Este modelo, inspirado en la vida y enseñanzas de Jesucristo, propone una forma de enseñanza centrada en el amor, la fe, el servicio, la comprensión profunda de los estudiantes y el poder del ejemplo.
Jesucristo, el Maestro por excelencia, enseñó en base a las necesidades espirituales y emocionales de cada persona. Su pedagogía era personalizada, empática y con propósito eterno. Según el manual “Ven, Sígueme” (Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, 2019), enseñar como Él implica invitar a otros a aprender mediante el Espíritu, centrar la enseñanza en las Escrituras y fomentar la conversión verdadera. No se trata solo de transmitir conocimientos, sino de cultivar una experiencia de transformación interior.
Uno de los principios fundamentales es el amor genuino por el alumno. Cristo conocía a las personas por su nombre, les hablaba con ternura, las miraba a los ojos, les dedicaba tiempo. Su enseñanza partía de una relación de confianza y compasión, sin juicios, lo cual permitía que el aprendiz se sintiera valorado y motivado para crecer. Según Ballard (2004), “El Salvador conocía a cada persona y ministraba a cada uno de acuerdo a sus necesidades”. Esta individualización del proceso de enseñanza hoy representa una guía para una pedagogía inclusiva, atenta y sensible a la diversidad humana.
Otra característica destacada es el uso de preguntas inspiradoras y parábolas que estimulan la reflexión. Jesús no impuso verdades; Él provocaba el pensamiento crítico y la introspección. Esta metodología activa —preguntar, escuchar, guiar— se relaciona con los enfoques constructivistas modernos, donde el maestro facilita el aprendizaje más que imponerlo. “El Señor enseñó grandes verdades en términos sencillos que sus oyentes pudieran entender y aplicar” (Bednar, 2005). El contenido era relevante, aplicable y profundamente significativo.
Asimismo, la enseñanza a la manera del Salvador promueve la acción y el testimonio personal. No basta con saber, hay que vivir. Jesús enseñaba con el ejemplo: oraba, servía, perdonaba, sanaba. El educador inspirado en Él debe ser coherente entre lo que dice y lo que hace, pues “no se puede enseñar lo que no se vive” (Holland, 2011). Esta coherencia ética convierte al maestro en un testimonio viviente, una fuente creíble de inspiración.
Desde una perspectiva pedagógica, este enfoque resulta profundamente humanista. Coloca a la persona en el centro del proceso educativo y reconoce su valor eterno. Fomenta no solo el aprendizaje cognitivo, sino también el desarrollo moral, social y espiritual del estudiante. A su vez, exige del docente un compromiso con su propia formación espiritual y una constante búsqueda del Espíritu para guiar sus palabras y acciones.
Por tanto, enseñar a la manera del Salvador no es un ideal inalcanzable. Es una invitación a elevar la calidad de nuestra enseñanza desde el corazón. Implica ver a cada estudiante como un alma eterna con potencial divino, enseñar con fe, escuchar con amor, guiar con humildad y actuar con propósito eterno. En palabras del presidente Russell M. Nelson (2018): “La educación espiritual verdadera ocurre cuando el amor, el ejemplo y el Espíritu se combinan para tocar el alma”.
¿Cómo enseñar a manera del Salvador?
En el marco de la pedagogía religiosa de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, «enseñar a la manera del Salvador» es una invitación a transformar la enseñanza tradicional en una experiencia espiritual, vivencial y profundamente significativa. Este modelo no se limita a contenidos religiosos, sino que propone metodologías didácticas centradas en el amor, la revelación personal, el ejemplo y la acción. Enseñar como Jesucristo significa adoptar estrategias que despierten el alma, inspiren la mente y transformen la conducta.
Una de las metodologías clave es el aprendizaje por medio de preguntas inspiradas, al estilo socrático. Cristo frecuentemente hacía preguntas como: “¿Quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15), o “¿Dónde están los que te acusaban?” (Juan 8:10). Estas preguntas no buscaban solo respuestas literales, sino provocar reflexión profunda y compromiso personal. En la enseñanza moderna, esta estrategia puede adaptarse como aprendizaje basado en preguntas (ABP), donde el docente guía al estudiante a descubrir principios por sí mismo. Según Bednar (2005), “las preguntas bien planteadas, seguidas de silencio reflexivo, abren la puerta al aprendizaje mediante el Espíritu”.
Otra metodología esencial es el uso de relatos y parábolas, que hoy puede interpretarse como aprendizaje basado en historias o narrativas. Cristo enseñó a través de parábolas como el Buen Samaritano o el Hijo Pródigo, conectando enseñanzas divinas con experiencias humanas. Estas historias activan la empatía y permiten que los estudiantes interioricen principios eternos mediante situaciones cercanas a su realidad. Esta técnica puede utilizarse hoy tanto en contextos religiosos como seculares, mediante dramatizaciones, análisis de casos o narración testimonial.
También es fundamental la enseñanza mediante el ejemplo, que se traduce en una pedagogía vivencial. Jesús no solo predicaba el perdón: lo vivía, sanaba, servía y amaba incondicionalmente. El maestro que sigue este modelo se convierte en un referente ético, un mentor más que un transmisor de información. Holland (2011) señala: “El maestro más eficaz enseña con poder porque vive lo que enseña”. Aplicado a contextos educativos actuales, esto impulsa una docencia coherente, donde la autoridad pedagógica nace de la integridad personal.
Otra estrategia didáctica destacada es el aprendizaje colaborativo con propósito espiritual. Jesús formó comunidades de discípulos que aprendían juntos, compartían experiencias y se fortalecían mutuamente. Esta visión se alinea con las metodologías cooperativas, en las que el aprendizaje se construye en comunidad, con roles compartidos y responsabilidad mutua. En el entorno del hogar, del aula o de la iglesia, el diálogo, la tutoría entre pares y los consejos son espacios naturales para esta práctica.
Asimismo, la enseñanza mediante la invitación a actuar es una metodología basada en la aplicación práctica. Cristo constantemente decía: “Ven, sígueme” (Lucas 18:22), “Ve y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37). Él no buscaba solo oyentes, sino discípulos en acción. En la didáctica actual, esto se traduce en el aprendizaje basado en proyectos, en el testimonio viviente y en desafíos concretos que el alumno debe aplicar en su vida diaria. El aprendizaje se completa cuando se vive, no solo cuando se comprende.
Finalmente, la enseñanza guiada por el Espíritu constituye el eje transversal de todas estas metodologías. Esto requiere que el maestro se prepare espiritualmente, ore, escuche y actúe con sensibilidad espiritual. Como lo declara el manual Ven, Sígueme (2019): “Usted es un instrumento en las manos del Señor para enseñar Su Evangelio. El Espíritu Santo es el verdadero maestro”.
Enseñar a la manera del Salvador, por tanto, no es repetir contenidos, sino recrear una experiencia de aprendizaje viva, sensible y espiritual. Las metodologías mencionadas —las preguntas reflexivas, el relato con propósito, el ejemplo vivencial, la colaboración significativa y la invitación a actuar— permiten que la enseñanza no solo informe, sino transforme. En palabras del presidente Nelson (2018): “Nuestra tarea no es solo enseñar doctrina, sino edificar fe que perdure”.
Referencias:
- Ballard, M. R. (2004). Cómo enseñar a la manera del Salvador. Conferencia General, abril.
- Bednar, D. A. (2005). Buscar conocimiento por el Espíritu. Conferencia General, octubre.
- Holland, J. R. (2011). Como un Maestro. Conferencia General, abril.
- Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. (2019). Ven, Sígueme – Para uso individual y familiar.
- Nelson, R. M. (2018). Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas. Conferencia General, abril.
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